Del 2001 a 2021. La odisea del espacio político argentino.

“Desde el escepticismo a la suspicacia, los argentinos vamos recorriendo la gama de posibilidades de una filosofía cotidiana en la que basta un gesto de hombros acompañado de un retraimiento de mentón para que el interlocutor sepa que ya nada nos asombra. Y si a la fatiga de la compasión se ha sumado, en estos años, el agotamiento de la capacidad de comprensión, es tal vez la imposibilidad de confianza en que la verdadera indignación se exprese por los carriles necesarios lo que provoca, constantemente, la sensación de desborde.” Silvia Bleichmar “Dolor país y después…”

Las fechas hacen a las memorias: emotivas, cortas, largas; existen secuencias, se piensa en siglos, en décadas, en períodos; algunos acontecimientos se marcan en días y meses, otros en años o generaciones. En la referencia al siglo XIX hablar de la conquista del desierto o de la generación del ‘80 nos retrotrae a la fundación del estado nación, a la conformación de un marco legal e institucional para oponer la civilización a la barbarie. En el reciente pasado siglo XX el golpe del 30, la noche de los bastones largos, el 24 de marzo, diciembre del 83 inmediatamente nos remiten a la larga oscuridad de las dictaduras, la represión y luego el advenimiento de la democracia.

Apenas iniciado el siglo XXI nos encuentra a los argentinos y las argentinas inmersos/as en la crisis del 2001 que abarcaba todos los aspectos de la vida económica, política, social, institucional, cultural, educativa, laboral. Las imágenes de la violencia en las calles, los saqueos, el presidente despegando en su helicóptero para abandonar su puesto, los muertos, la miseria simbólica y real, para quienes fuimos protagonistas de esos momentos aún retumban en nuestros oídos y resuenan en nuestros recuerdos de modos diferentes. Lo cierto es que, a nuestro entender, los diagnósticos y los pronósticos de alguna manera se repiten, en cierto modo se reiteran en la actualidad de la mano de analistas y expertos que, ante la crisis comunicacional, ensayan algunas nociones que, como “el tiempo es tirano”, quedan la mayoría a mitad de camino. La metáfora del cuerpo sigue vigente, diagnósticos y pronósticos por doquier, en los medios y en las redes.

Diagnosticar significa determinar el carácter de una enfermedad por sus signos, la necesidad de evaluar/diagnosticar el sistema político suele estar acompañada del argumento acerca de una realidad que ha estado enferma. Por una parte, el principio de causalidad es la clave si se pretende encontrar las causas de la tragedia económica que ha desolado estos años de recuperación democrática, cuyo punto culmine se ha dado en 2001; pero desde una postura crítica la cuestión es más compleja, para una memoria larga no hay causas sino ideologías alienantes, paisajes urbanos y rurales teñidos de deshechos culturales que han dejado las exigencias del conquistador y las doctrinas de seguridad nacional del dictador. Un diagnóstico sin memoria es tan sólo la descripción de los efectos o una constatación de los síntomas de lo que se ha denominado el fracaso de una estabilidad socio/económica que empaña el presente pandémico con altos índices de pobreza.

Una evaluación “conductista” del panorama político quiere explicar las causas, una evaluación “crítica” desea comprender cómo se forma la conciencia histórica de los sujetos sujetados a la crisis en clave social y política.  La paradoja de la progresión inclusiva, aquella que nos muestra que, a medida que los y las ciudadanos/as transitan gradualmente dentro de las instituciones democráticas, menor es la competencia cultural y lingüística, es mayor el grado de incomprensión de lo que escucha, lee, mira, palpa o recorta de una realidad que se le aparece distinta a su mundo real y espontáneo, organizada e institucionalizada, distribuida en pactos, organizaciones, movimientos, agrupaciones…

La comprensión no es un problema cuantitativo, no al menos exclusivamente en el sentido de cantidades de datos prendidos con alfileres, frágiles, ajenos y molestos; lo dicho nos remite a Jorge Luis Borges, más precisamente a su libro Ficciones y el cuento “Funes, el memorioso”, porque el personaje puede memorizar diez idiomas, memoria impecable, pero dice Borges: “Sospecho, sin embargo que no era muy capaz de pensar”. Para algunos  politólogos de la tradición crítica, la incomprensión es el déficit más urgente a enfrentar, si bien conviene hacer algunas consideraciones en torno al problema: no es algo aislado, fragmentario o residual del sistema, no es fruto de errores o excesos, menos de accidentes o hechos fortuitos. Es parte de una crisis estructural, ancha y profunda.

Aunque parezca tan obvio como apelar al dogma constitucional cuando se habla de justicia e igualdad, es importante recurrir a una mirada que tenga en cuenta la totalidad vigente, el hontanar en el cual nos movemos o reflexionamos; la pauperización de las formas de vida, la creciente pobreza, la impunidad, la violencia cotidiana, la globalización, el desempleo y la mascarada de la competencia, son fenómenos que tienen que ver con esta crisis a la cual hacíamos referencia. La ignorancia también puede planificarse, la indiferencia se puede estimular, el egoísmo exacerbarse.

Un diagnóstico que carezca de la comprensión de lo social, poco puede ofrecer a una política posible para salir de este estado de pauperización teórica y práctica. La comprensión, además, está vinculada fuertemente al sentido de lo que hacemos con la razón, a la cual le resulta intolerable no poder construir caminos o avizorar más allá de lo dado. Significar y construir se perfilan como términos similares al acto de comprender.

Un pronóstico también puede estar ligado a la metáfora organicista, como el juicio médico acerca de la evolución de una enfermedad, pero también puede ser pensado como una conjetura o adivinanza del futuro próximo o lejano, una señal para conocer el porvenir por los indicios del presente. Un pronóstico puede transformarse en una esperanza, como un diagnóstico ha sido muchas veces una denuncia. Este pronóstico debe sumar a los alcances del colonialismo y del terrorismo de estado lo que ha significado para América Latina la implementación de políticas neoliberales que han transformado a la ciudadanía en un conjunto de consumidores/as. El eje exclusión/inclusión no resulta suficiente para analizar los alcances del neoliberalismo, ya que de hecho éste también ofrece una oferta de inclusión que actualiza las desigualdades y las fomenta.

Es cierto que un análisis crítico de la situación política no nos provee elementos suficientes para cambiar la realidad, pero sin ese análisis, sin ese diagnóstico es muy difícil transformar algo. Si apuntamos a una sociedad postliberal, debemos desmantelar los ejes de una política que, lejos de romper con la lógica del colonialismo y del totalitarismo, la ha continuado por otros medios. Esos ejes neoliberales en los que se asienta la actual plataforma política o la denominada  “agenda de derecha” son al menos tres:

  1. La creación de un estado auditor a través de sistemas nacionales de evaluación, medición y establecimiento de productividad.
  2. La reestructuración jurídica del sistema que permita flexibilizar y limitar derechos.
  3. Las políticas de ajuste de la oferta laboral, educativa y sanitaria desde la disminución del gasto público.

Las privatizaciones realizadas en Argentina a comienzos de los años ’90 fueron implementadas desde el discurso hegemónico de la crisis del estado benefactor, habida cuenta que esas empresas daban pérdidas y ofrecían servicios de muy baja calidad. No transcurrió mucho tiempo para que ese discurso se trasladase a otras áreas, llevando los mismos conceptos de calidad, oferta y demanda, bienes y servicios, a todos los ámbitos. Un servicio de baja calidad, debe replantearse su política pública “deficitaria” y pasar a ser un bien privatizado para el cliente, en este caso, el/la ciudadano/a devenido en vecino/a para los conservadores actuales que se autodenominan “libertarios”.

El pronóstico que nos deja un mínimo análisis de lo que ha significado la privatización de los derechos, nos lleva a pensar la próxima desaparición de lo público en el peor de los casos y sin duda a su pauperización. Una desaparición que comienza a vislumbrarse en los resultados electorales donde triunfa el discurso conservador/represor. La situación de abandono del estado de derecho por una parte de la clase dirigente, de los que gobiernan y gobernaron con las instrucciones de los coach ontológicos, evalúan la realidad social con múltiple choice  y pretenden una nueva “campaña del desierto” para marcar la brecha entre los habitantes de la supuesta “sociedad normal” en desmedro de una mayoría que, en caso de ganar las próximas elecciones, quedarán en la intemperie de los sin techo, de los sin tierra, lejos muy lejos de políticas de estado que incluyan a todos y todas en la senda de la ampliación de derechos.

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