Lo femenino por fuera del sexo y lo genérico.

En la segunda mitad del siglo XX aparecen nuevos campos disciplinares relacionados con la distinción entre sexo y género, al mismo tiempo el feminismo como tal se dispersa en una pluralidad de perspectivas que lo lleva a constituirse como un conjunto “excedido en sus partes”. Cómo se entrelazan y comunican ambos conjuntos (o campos) guarda relación con las diferentes situaciones geopolíticas y las investigaciones teóricas llevadas a cabo tanto por la ciencia como por la filosofía.

En el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos (2021) podemos citar lo dicho por Susana Gamba y Flavia Azuri:

La conceptualización de género, desarrollada por la teoría feminista e incorporada por las ciencias sociales desde hace casi tres décadas, constituye un eje central para visibilizar y desnaturalizar el entramado de relaciones de poder y opresiones que subyacen en el binomio sexo(s) género(s). En los últimos años se produjo un importante avance en las ciencias sociales, al incorporarse los denominados estudios de género como nuevo paradigma. El género como categoría social, es una de las contribuciones teóricas más significativa del feminismo contemporáneo. Esta categoría analítica surgió para explicar las desigualdades entre hombres y mujeres, poniendo el énfasis en la noción de multiplicidad de identidades. Pp. 293.

La diferencia entre los aspectos biológicos entre los sexos y las desigualdades en el terreno social, económico, cultural entre los géneros; no resulta aún hoy motivo de una aceptación global, ni siquiera la distinción entre diferencia y desigualdad. La primera está ligada a la percepción, la segunda a lo simbólico. En la última década se ha instalado la noción de “autopercepción” con relación a un sujeto que se percibe a sí mismo (hombre o mujer) mientras que se ve en retirada la idea de la autoconciencia, es decir, la conciencia histórica de quiénes somos y cómo el pasado permanece en los cambios y mutaciones del devenir presente.

Resulta ya clásica la definición de Judith Butler (2019) en El género en disputa sobre la posición de las mujeres como sujetos del feminismo y la diferenciación entre sexo y género, Butler dialoga y problematiza críticamente la obra de otras pensadoras en clave feminista poniendo en cuestión los debates al interior de la problemática:

¿Existe “un” género que las personas tienen, o se trata de un atributo esencial que una persona es, como lo expresa la pregunta: “¿De qué género eres?” Cuando las teóricas feministas argumentan que el género es la interpretación cultural del sexo o que el género se construye culturalmente, ¿cuál es el mecanismo de esa construcción? Si el género se construye, ¿podría construirse de distinta manera, o acaso su construcción conlleva alguna forma de determinismo social que niegue la posibilidad de que el agente actúe y cambie? Pp. 56

Butler revisa las consecuencias del nihilismo y el existencialismo en la manera en que presenta la cuestión del género donde no hay una esencia que defina a la mujer, ya que su definición es en la acción y no en una naturaleza previa a la existencia. Aquí podemos percatarnos de las cuestiones metafísicas que anteceden a las diferentes teorías, si bien en el idealismo kantiano ya no podemos conocer la cosa en sí, esto significa que la esencia es incognoscible, sí es cierto que esa filosofía es constructivista. Es el propio sujeto quien construye entre la percepción y la idea lo que define como real; es la postura nietzscheana la que conduce a la deconstrucción, entonces todo lo que una filosofía feminista antiesencialista pero constructivista organiza en un corpus que se instala en el lenguaje debe ser desarmada, desmenuzada.

Es en este punto que Butler advierte, haciendo una referencia explícita a la filosofía, que la construcción se desmorona ante la bipolaridad entre libre albedrío y determinismo en la cuestión sexo-género, hay en consecuencia una limitación lingüística en el debate que también incluye al cuerpo, si estos son marcados por el género, las personas encarnadas llevan la marca biológica, cultural o lingüística. Si la hegemonía masculina está presente en todas esas marcaciones, la mujer queda en ese plano de imposibilidad de constituirse material y simbólicamente como tal.

El pensamiento deconstructivo propone comprender la oposición identidad/diferencia entendiendo la diferencia como ausencia de identidad. El filósofo Jacques Derrida afirma que, del término “identidad” deriva la supresión de la “diferencia”, por esa razón pretende indicar una diferencia distinta y crea un neologismo: la “différance” que es la condición del logocentrismo y al mismo tiempo su negación; la propuesta derridiana recupera la génesis de la oposición binaria, para resaltar aquello que amenaza la dicotomía de los términos. La implicancia de la oposición identidad/diferencia puede no ser absoluta, podemos en esta dirección pensar que sexo y género comparten similitudes y diferencias comunes a la condición humana.

En este sentido podemos reflexionar sobre lo dicho por Paul Preciado cuando se designa como “un cuerpo en tránsito” sin definir si es hombre o mujer. Los feminismos en general han dejado bastante al margen (e incluso ignorado) el debate sobre las cuestiones transgénero o de la intersexualidad; el dilema suele ser heredero de las declaraciones “universales” de derechos humanos en las que se pierde de vista a los particulares que quedan afuera o al costado de la pretendida universalidad. Tanto la filosofía como el fundamento de los derechos humanos abordan un sujeto consciente.

Una multiplicidad de cuestiones aparece, por una parte, si podemos pensar hoy en un campo disciplinar que atienda las cuestiones que no han sido abordadas (al menos suficientemente) por las teorías feministas; si ese campo es el de las problemáticas de género o debe constituirse otra matriz para dar cuenta de las situaciones actuales. Otra es la de pensar si la irrupción de las mujeres en la filosofía y en las ciencias sociales ha dado lugar a un tipo de discurso propio que lo distingue de las producciones teóricas de los filósofos, por ejemplo, lecturas feministas de Marx o de Foucault.

A este propósito Barbara Cassin ha planteado desde la filosofía del lenguaje que las mujeres filósofas expresan un modo distinto de plantear los problemas creando un discurso que excede la herencia masculina y/o patriarcal en la historia de las ideas. En su libro L’archipel des idées (2014) expone:

Homme/femme/philosophie: comment articuler ces trois termes? Le local est ce dont il importe de ne pas faire abstraction. Je ne sais pas ce qu’est une femme philosophe, mais je sais que ce n’est pas la même chose d’être une femme philosophe en Afghanistan, en Iran, au Sénégal, en Chine, en France, aux ÉtatsUnis… Tantôt parce que ce n’est pas la même chose d’être une femme, tantôt parce que ce n’est pas la même chose d’être une philosophe (si tant est que le mot “philosophie” ait un sens en Chine par exemple?); et par fois parce que le recoupement entre les deux catégories ne se produit pas au même endroit, ou ne peut tout simplement pas se produire. Ce n’est pas la même chose de n’avoir pas le droit d’aller à l’école, d’étudier d’abord l’histoire de la philosophie quand on fait de la philosophie, d’être dans une université où existe un département de Gender Studies et où l’histoire de la philosophie relève de la littérature comparée. L’identité de femme philosophe est d’abord une identité stratégique, de circonstance et de résistance, une identité qui a beaucoup à voir avec l’affirmative action liée à une situation, une conjoncture dans l’espace et dans le temps. C’est ainsi que nous disons: nous sommes toutes des femmes philosophes, même si nous ne savons pas ce que cela veut dire.[i] Pp. 145.

En el texto Cassin reflexiona sobre ser mujer y sobre ser filósofa, en un ambiente universitario y de circulación de las ideas donde la filosofía ha sido desde sus inicios un trabajo masculino, donde es difícil desprenderse o despojarse de las grandes sombras proyectadas por pensadores como Aristóteles o Descartes o Kant, por citar algunos ejemplos. Sabemos que ser mujer en otras latitudes o en otras épocas no significa exactamente lo mismo. Es por este motivo que ella piensa, más que en definir qué es una filósofa, en una identidad estratégica “de resistencia”. Aquí aparecen una serie de circunstancias ligadas al reconocimiento de la posibilidad real y concreta de pensar siendo mujer en un mundo de hombres, una especie de patriarcado filosófico que ha predominado a lo largo de los siglos.

Citando a Catherine Malabou: “La femme n’invente peut être pas de questions philosophiques mais elle crée des problèmes. Partout où elle le peut, elle met des bâtons dans les roues des philosophes et des philosophèmes. L’impossibilité d’être une femme se change alors en l’impossibilité de la philosophie”[ii], Cassin acuerda en que las mujeres no inventan las preguntas de la filosofía, pero sí exponen y descubren nuevos problemas; que eso es propio de “poner palos en la rueda” de los filósofos y los filosofemas. Negar la existencia de mujeres filósofas no puede nunca negar la existencia de la filosofía misma, la negación no es filosófica, sino que ataca la presencia de lo femenino en el lenguaje filosófico. Acuerdo con Jorge Alemán en que la Filosofía sin la perspectiva del psicoanálisis deja a medio-decir la cuestión del sujeto y lo subjetivo.

Así como Aristóteles afirmaba que los sofistas “hablaban por hablar” ocurre lo mismo con relación a las mujeres en la filosofía, la ausencia de reconocimiento hacia ellas las ubica en un lugar menor del pensamiento, así fue que en la historia sea marcada su ausencia y su materialidad discursiva. Sin embargo, los efectos del pensamiento de las mujeres existen cada vez con más ímpetu; como puede observarse en las narrativas de quienes han sido oprimidos, segregados o excluidos de la palabra en general.

Brigitte Vasallo en su libro El desafío poliamoroso. Por una nueva política de los afectos (2022) dice:

Escribo en femenino por una cuestión política. Como decía Heidegger, no hablamos el lenguaje, sino que él nos habla. El debate sobre el masculino como género neutro pertenece a un mundo agónico sin futuro posible. Un mundo que muere matando, pero que muere. Si es masculino, no es neutro. Es masculino. Que se haya utilizado como genérico desde hace siglos no es por un acuerdo lingüístico, sino por la sencilla razón de que el mundo sobre el que se guardaban narraciones era masculino, literalmente. Pero, si ese mundo ya no existe, no podemos seguir narrándolo como si existiese. Pp.32-33.

Lo femenino entonces no es una cuestión de sexo ni de género, sino de creación de un espacio diferente en las ideas y en las prácticas, no es la descripción de una apariencia de mujer o un travestismo, es la manera en que surgen y emergen situaciones, circunstancias, narrativas que irrumpen en los escenarios anquilosados de la filosofía y su lenguaje con el propósito de mover estructuras, cimientos, soportes que mantienen a las diferencias en la superficie y no permiten sostener o sujetar a quienes tienen voz, escritura-huella en los paisajes filosóficos y científicos en la actualidad.

Bibliografía:

Butler, Judith (2018) El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona. Paidós.

Cassin, Barbara (2014) L’archipel des idées. Suisse. Éditions de la Maison des sciences de l’homme.

Gamba, Susana y Diz, Tania. Coordinadoras (2021) Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos. Buenos Aires. Biblos.

Hemmings, Clare (2018) La gramática política de la teoría feminista. ¿Por qué las historias importan? Buenos Aires. Prometeo.

Vasallo, Brigitte (2022) El desafío poliamoroso. Por una nueva política de los afectos. Barcelona. Paidós.

[i] “Hombre/mujer/filosofía: ¿cómo articular estos tres términos? Lo local es lo que es importante para no hacer abstracción. No sé qué es ser una mujer filósofa, pero sé que no es lo mismo ser una mujer filósofa en Afganistán, Irán, Senegal, China, Francia, Estados Unidos… A veces porque no es lo mismo ser mujer, a veces porque no es lo mismo ser una filósofa (si es que la palabra “filosofía” tiene sentido en China, por ejemplo); y a veces porque el cruce entre las dos categorías no ocurre en el mismo lugar, o simplemente no puede ocurrir. No es lo mismo no tener derecho a ir a la escuela, estudiar primero la historia de la filosofía cuando se hace filosofía, estar en una universidad donde existe un Departamento de Estudios de Género y donde la historia de la filosofía pertenece a la literatura comparada. La identidad de mujer filósofa es ante todo una identidad estratégica, de circunstancia y de resistencia, una identidad que tiene mucho que ver con la acción afirmativa vinculada a una situación, una coyuntura en el espacio y en el tiempo. Así decimos: todas somos filósofas, aunque no sepamos lo que significa.”

[ii] “Puede ser que la mujer no invente cuestiones filosóficas, pero sí crea problemas. Siempre que puede, pone palos en la rueda de los filósofos y filosofemas. La imposibilidad de ser mujer filósofa se transforma entonces en la imposibilidad de la filosofía.” Párrafo citado por Cassin.

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